13 de diciembre de 2013

Joy, grace, youth

Un brazo la rodea desde la espalda hasta el finito del ombligo. Las piernas se entrelazan formando un peligroso nudo de caricias. Siente el aliento en la nuca y una mano desde el otro lado de la almohada quitando un mechón de pelo y pasando delicadamente las yemas de los dedos desde la frente, por las rosadas mejillas y acabando por asentarse en el pecho. El corazón aminora la marcha y se asienta a un ritmo que va a la par con el suyo. La brisa avanza lenta entre las cortinas y arrulla los cuerpos recostados. Por las pequeñas fisuras de tela asoman tímidamente los primeros rayos de sol. 
Todo está tranquilo, calmado, se oye afuera la vida, cómo va despertando, pero mientras, en su refugio particular hecho de blancas sabanas, solo se oyen dos latidos, se dibujan dos sonrisas. Están en su planeta, abastecidos de besos, regados por el goce y cuyo sol principal es la mirada en la cual ella se pierde cada noche y la luna, con la que despierta en cada amanecer.

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